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martes, 11 de mayo de 2010

Hombres de acción

"La política no es actividad propia de intelectuales, sino de hombres de acción".
RAMIRO LEDESMA RAMOS

Entiendo por intelectual el hombre que intercepta entre su acción y el mundo una constante elaboración ideal, a la que, al fin y al cabo, supedita siempre sus decisiones. Tal linaje de hombre va adscrito a actividades muy específicas, que no es difícil advertir y localizar. Así, el profesor, el hombre de ciencia, de letras o de pensamiento. Y esas otras zonas adyacentes, que corresponden a los profesionales facultativos.

Entiendo por hombre de acción, en contraposición al intelectual, aquel que se sumerge en las realidades del mundo, en ellas mismas, y opera con el material humano tal y como éste es. Las cosas reales que dificultan y moldean la marcha y la vida de los pueblos se rinden tan sólo al esfuerzo y a la intrepidez del hombre de acción. En la medida en que un pueblo dispone de hombres activos eminentes y les entrega las funciones directoras, ese pueblo realiza y cumple con más o menos perfección su destino histórico. En cuanto se intercepta el intelectual y le suplanta, el pueblo se desliza a la deriva, tras de horizontes quiméricos y falsos. El intelectual prefiere a la realidad una sombra de ella. Le da miedo el acontecer humano, y por eso teje y desteje futuros ideales. De ahí su disconformidad perenne, su afán crítico, que le conduce fatalmente a hazañas infecundas. El material humano le aparece imperfecto y bruto. Hurta de él esas imperfecciones posibles, que son la vida misma del pueblo, y se queda con lo que sea de fácil sumisión al pensamiento, a su pensamiento. El hombre de acción, el político, se identifica con el pueblo. Nada le separa de él. No aporta orbes artificiosos ni se retira a meditar antes de hacer. Eso es propio del intelectual, del mal político. Precisamente el tremendo defecto de que adolece el sistema demoliberal de elección es que el auténtico político, el hombre de acción, queda eliminado de los éxitos. En su lugar, los intelectuales —y de ellos los más ramplones y mediocres, como son los abogados— se encaraman en los puestos directivos. El sistema político demoliberal ha creado eso de los programas, falaz instrumento de la más pura cepa abogadesca. El hombre de acción no puede ser hombre de programas. Es hombre de hoy, actual, porque la vida del pueblo palpita todos los minutos y exige en todos los momentos la atención del político.

NUESTRA LUCHA