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domingo, 20 de junio de 2010

La esencia del Peronismo

Por Rogelio Alaniz
Decir que el peronismo es fascista es un error; pero negar su relación con el fascismo es un error más grande. Hoy, la palabra "fascismo" está justamente desvalorizada y, por lo tanto, nadie quiere mirarse en ese espejo; en 1943 no pasaba lo mismo y para los oficiales del GOU, en donde la participación de Perón era gravitante, la experiencia del fascismo italiano era vista con muy buenos ojos. En las ciencias sociales existe un debate muy interesante acerca de la filiación histórica del peronismo. Conceptos tales como populismo o bonapartismo se superponen al de fascismo y enriquecen la mirada sobre un proceso social que es mucho más rico y complejo que las formulaciones ideológicas. Existe, por lo pronto, un acuerdo en el campo de las investigaciones en rechazar la hipótesis de que el peronismo fue fascista. Para los historiadores, las etiquetas se colocan después de la investigación, no antes. Si se parte del principio de que el peronismo es fascista, toda investigación se empobrece. Al respecto, es necesario recordar que los procesos sociales son interesantes por su capacidad de ir más allá de las formulaciones ideológicas. Concretamente, el peronismo mantuvo elementos fascistas en su cultura, pero como hecho histórico, es mucho más rico que una calificación. Un historiador serio rechaza la tentación de reducir un movimiento social a la suerte de un hombre. No se desconoce la gravitación de la personalidad en la historia, pero importa mucho más conocer los contextos sociales, la lógica de construcción del poder, la constitución de los mitos fundacionales y el devenir de esa fuerza política a lo largo de la historia. Perón es decisivo para la constitución del peronismo, pero el peronismo como tal es interesante por la dinámica que adquiere, dinámica que en algún momento entra en conflicto con el propio Perón. Es verdad que la formación política de Perón estuvo marcada por el fascismo. Él mismo lo admitió y hay declaraciones muy elocuentes en esa línea. Hoy, muchos políticos peronistas no leen historia y se manejan con un criterio oportunista en estos temas: como el fascismo es un concepto desprestigiado cualquier relación de Perón con el fascismo debe ser condenada. A los mismos políticos habría que preguntarles cómo habrían reaccionado cuando el fascismo era popular en Europa y en América Latina. Recordemos que en la década del treinta, el régimen de Mussolini fue apoyado por dirigentes como Winston Churchill, intelectuales como Bernard Shaw y una escritora como Victoria Ocampo. En el clima ideológico de las entreguerras, en las condiciones del aparente colapso de las economías capitalistas liberales y el endurecimiento de los regímenes comunistas, el fascismo se presentaba como una tercera vía distante del capitalismo y el comunismo. La formación política de Perón está más relacionada con el fascismo italiano que con el nazismo alemán. Como Mussolini, Perón no es antisemita ni racista. El aprendizaje de la cultura fascista lo hizo en Italia, donde vivió varios meses. Ahora bien, Perón simpatiza intelectualmente con el fascismo y se interesa por la capacidad de éste para dar una respuesta válida a lo que era la obsesión para un militar de entonces: el orden. Otros elementos ideológicos están presentes en la formación política de Perón; el socialcristianismo y retazos del socialismo inglés. En todos los casos, Perón es un político preocupado por la bancarrota del liberalismo, interesado en otorgarle al Estado un nuevo rol y decidido a tener en cuenta la irrupción de las masas en la vida social. Desde el punto de vista de su experiencia personal, Perón se había iniciado en 1930 participando del golpe de Estado contra Yrigoyen. Después tomará distancia de los nacionalistas uriburistas y de los liberales justistas, pero nunca se alejará del todo de las logias nacionalistas, con las que mantendrá siempre una relación instrumental: recurre a ellas cuando les son útiles, pero cuando su ideologismo lo fastidia, no vacilará en marginarlas y calificarlas de "piantavotos", sobre todo cuando se oponen a que designe a los ferrocarriles con los nombres sacados del panteón liberal. Hechas estas observaciones, habría que decir que a un dirigente político no se lo puede reducir a un absoluto esquema ideológico. La formación fascista de Perón es pública y notoria, pero Perón interviniendo en política es algo más o algo menos que un dirigente fascista. En todo caso, lo que lo singulariza a Perón es su capacidad para modelar la realidad a partir de su inspiración política. Cuando Perón llega al poder, el fascismo es derrotado en todos los frentes de batalla. Hitler se suicida en su búnker y Mussolini es ejecutado por los partisanos en Milán. Al realismo descarnado de Perón no se le puede escapar que no era conveniente en esa fecha expresar simpatías por un régimen condenado por Occidente. Así y todo, desde el punto de vista de la construcción del poder, hay muchos elementos fascistas: el liderazgo carismático, la organización corporativa del movimiento obrero, la concepción de la Nación en armas, el sometimiento de la estructura partidaria a la voluntad del líder. Del fascismo, Perón toma también su estética: los actos en Plaza de Mayo, la propaganda, las canciones partidarias, el control de los medios de comunicación, la delación institucionalizada y, sobre todo, la regimentación de la sociedad a través de la educación. Desde el libro "Alelí" hasta "La razón de mi vida", hubo un amplio abanico educacional cuya modalidad era fascista. Sin embargo, Perón no practicó el terror fascista. Las libertades estaban conculcadas, pero los adversarios del régimen no eran asesinados. Es más, después del levantamiento de Menéndez las sanciones a los rebeldes fueron mínimas. Habría que añadir, además, que la piedad que Perón tuvo con sus enemigos no fue correspondida por estos después de 1955: los fusilamientos de Valle y Tanco y la masacre en los basurales de León Suárez así lo demuestran. Perón, desde la tribuna, agredió a los opositores como nunca nadie antes lo había hecho. Algo parecido hizo con la Iglesia Católica. Con todo, su verborragia en 1955 era más un signo de debilidad que de fortaleza. Perón podría entonces ser calificado de autoritario y seguramente lo era, pero un autoritario no es un fascista. Podría decirse entonces que el fascismo de Perón fue más un recurso retórico, un estética ideológica, una determinada manera de usar las consignas que un rasgo decisivo de su identidad. Nada más oportuno para concluir esta nota que retomar las palabras con las que la iniciamos: decir que el peronismo es fascista es un error, pero negar su relación con el fascismo es un error más grande. En todos los casos, estos dilemas deben discutirse; ciertos peronistas deberían saber que los problemas de la historia se resuelven con estudio, inteligencia y honestidad intelectual, no sonrojándose como viejas cortesanas.

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